QUETZÁL
Enero 10th en Literatura por Beto Manhke .

QUETZÁL

En tiempos inmemoriales, hombre y natura se llamaban hermanos; grandes espíritus hacían en troncos de antiguos árboles su hogar; ocurrió que el travieso destino reunía el alma de dos jóvenes tan opuestos como el día y la noche. Moyoleuki, guerrero en mente y artista en cuerpo, piel caóba, conocía por vez primera el agridulce sabor de la tierna muerte, aquella que te mantiene vivo mientras extrae de tu ser hasta la última gota de azucarado éxtasis [...]

Beto Manhke

Beto Manhke es amante de la música, la lectura y de tomar siestas a cualquier hora del día. Es mejor conocido como el tipo que siempre tiene algo que decir cuando le preguntas; coleccionista de apodos y toca en una banda de rock con la absurda idea de que sabe tocar la guitarra eléctrica.

En tiempos inmemoriales, hombre y natura se llamaban hermanos; grandes espíritus hacían en troncos de antiguos árboles su hogar; ocurr que el travieso destino reunía el alma de dos jóvenes tan opuestos como el día y la noche. Moyoleuki, guerrero en mente y artista en cuerpo, piel caóba, conocía por vez primera el agridulce sabor de la tierna muerte, aquella que te mantiene vivo mientras extrae de tu ser hasta la última gota de azucarado éxtasis proveniente del corazón.

Siuatsin, nacida de dioses, piel de arce, mirada jade y bello andar; heredera del plano de los siervos y de los dioses por igual, decidió su alma a Moyoleuki entregar.

Desafiante pareja, eterna soñadora con Chiknautopan, la tierra de las grandes montañas y ríos eternos. Quebrantando toda regla de este plano y los demás, pasaban soles enteros bajo la sombra de antiguos esritus, sonriendo, cantando.

Durante soles y lunas cantaron al viento, enviando su canción de pareja a los heraldos guardianes de los 9 niveles superiores.

Uelitini, gran señor padre de dioses, padre de Siuatsin, poseedor del plano de los siervos, inadvertido existía de semejante blasfemia que se desarrollaba a sus pies, allá abajo, donde los siervos adoran a los dioses y entregan sus vidas por sus sores y éstos a cambio les dan lluvia, cosecha, vida.

Aquel plano, que solo había visitado al llenarlo de su semilla, hace mil años cuando creó a los siervos, sus animales, sus plantas, su esencia, su todo; cuando le dio la magia del fuego y vestido a su reciente creación.

Uelitini decidió bajar una vez más a contemplar lo majestuoso de su obra.

La tierra tembló escupiendo sus entrañas envueltas en llamas cuando a lo lejos, debajo del espiritu más antiguo de todos,  Moyoleuki y Siuatsin sobre la yerba sedosa yacían esbozando una gran sonrisa al azul infinito.

Su corazón furioso latía abriéndose camino a través de su pecho, sus ojos llameantes con la rabia de tan horrorosa visión: la más amada de sus hijas enamorada de uno más de los siervos.

En su ira, partió la tierra en dos, encerrando a Siuatsin hasta el final de su vida inmortal o el final de los tiempos, lo que sucediera primero. Para Moyoleuki, el más odiado de sus siervos, eterna existencia como castigo lo esperaba en el plano de los siervos, privándo su entrada a Chiknautopan, la tierra de grandes montañas y ríos eternos.

Durante mil lunas y soles lloraste tu pena, tus ojos cuales cascadas derramaron amargura en los grandes valles donde solías cantar, y reir, y soñar. Así fue que nacieron las lagunas, grandes espejos que ref lejarían tu dolor a los dioses.

Recorriste el plano de los siervos sin fruto alguno, tu hermosa voz deformada por los gritos desesperados llamando el nombre de tu amada Siuatsin en lo alto de las colinas, en lo profundo de las cuevas, debajo del agua. Con el tiempo, atormentado por tu pena, la forma humana comenzaste a perder.

Pasabas lunas enteras soñando con el momento de tu reencuentro con tu sol y estrellas; más sin embargo, tus gritos no fueron en vano. El gran Iknoyouani conmovido por tu gran pérdida, sabiendo que tu castigo fue peor que la muerte, a visitarte fue en tus sueños, mostrándote los caminos de la tierra de los siervos desde alturas más allá de la cima de las grandes montañas, quizás así puedas encontrarla. . .

Mil lunas más tarde, su gran letargo termina, su forma humana, el precio de la tristeza, ahora a un ave se ha reducido.

Por los cielos vagaba, esperando que su sol y estrellas pudiera verlo en las alturas y mostrarle el camino, más sin embargo, pálido como la nieve se confundía con los claros azules del firmamento celeste.

Tlakuilo, el gran pintor del todo, creador del verde de las plantas y del rojo de la sangre, del azul del agua y el amarillo del ámbar; al ver la tristeza en tu mirar, ha tomado su gran pincel y con rayos de luz le ha dado a tus plumas el amarillo del ámbar y el azul del agua, el rojo de la sangre y el verde de las plantas, haciendo de tí la creatura más bella que jas haya pintado.

Y así, durante incontables lunas, tu búsqueda haz continuado, descansando cada mil de ellas tu vuelo, para retocar tu colorido porte con el gran pincel de luz de Tlakuilo, el más cercano de tus amigos. Al retomar tu vuelo, dejas detrás un arcoiris que delata el justo lugar donde, por una sola luna, recobras tu forma humana, como testimonio de tus memorias, de tu ser.

Aún cuando tu existir es bello, dentro de tu gran dolor, juraste callar por siempre, retomando tu canto la noche misma de tu reencuentro con Siuatsin, nacida de dioses, piel de arce, mirada jade y bello andar, para dirigirte junto con ella cantando hacia Chiknautopan, la tierra de las grandes montañas y los ríos eternos.

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